lunes, 28 de diciembre de 2015

Mi aventura después del golpe de Estado de 1973

Por mucho años viví frente al Palacio de la Moneda, prácticamente mi niñez transcurrió en el Centro de Santiago, donde giraba todo el acontecer de Chile, vivía esquina con esquina del Hotel Carrera, el más importante de Santiago. Salían los coches con caballos, en esos encantadores vehículos, desde la Moneda con la reina Isabel de Inglaterra  y desde el hotel los actores más renombrados, que  llegaban a Chile.  En el edificio de al lado estaba el Diario La Nación, que colocaban  en la vereda, en un pizarrón el acontecimiento del Mundo. Ahí leí con impacto el asesinato del Presidente Kennedy y muchas otras noticias Había siempre un carabinero dirigiendo el tránsito en una tarima de madera. En la calle Agustinas con Teatinos.

De chica me tocó presenciar como caía muerto el carabinero que cuidaba la Moneda,  fue el tiempo de la trágica muerte de muchos estudiantes en el Seguro Obrero, en tiempo del Presidente Alessandri. Los carabinero tomaron  nuestro edificio y nosotros huimos por el subterráneo hasta  la calle   Huérfanos donde tomamos un taxi para partir al fundo. Hubo otros recuerdos como las arremetidas de los carabineros contra los comunistas, en tiempos del presidente González Videla que nos impactaron mucho.

militares en el techo del edificio donde vivía
Otro de los recuerdos que tengo son mis charlas con mi padre en su escritorio. Él se sentaba conmigo y me leía las cartas de su primo Don Manuel Rivas Vicuña, gran orador  y político que fue exiliado por el Presidente Ibáñez del Campo. Eran cartas muy conmovedoras y a mí encantaba compartir con mi padre, hombre idealista y político, todos esos acontecimiento. Mucho debido a estas charlas que me apasionaban, creo se debe a mi interés por la política y lo que se proyectaba en mi país.

Transcurrieron los años y me casé con un historiador y Cientista Político. Vivimos después de algunos años, en tiempos del Presidente Allende, en la calle Holanda en el barrio de Ñuñoa, donde mi esposo podía hacer clase en la Universidad De Chile y Católica con sólo caminar. Era una casona antigua con jardín y con una hermosa higuera donde  jugaban nuestros hijos, era una casa acogedora, donde recibíamos a nuestro amigos, mucho intelectuales, eran almuerzos entretenidos donde se intercambiaban ideas y proyectos.

En 1973 la situación del país era grave, el país estaba convulsionado por las contingencias políticas y económicas que vivía el país. Salvador Allende era  el primer presidente socialista elegido democráticamente y eso  tenía su peso. Eran tiempo dramáticos a mi modo de ver, de gran incertidumbre e impotencia al no poder hacer nada  para mantenernos con nuestra gran familia. Fue ahí cuando decidimos partir a Costa Rica. A mi esposo le habían dado un buen puesto en la universidad de Heredia, para levantar un Deptartamento de Historia. El partió antes y yo me iría después. Me quedé con mis siete hijos en la casona de la calle  Holanda. Se respiraba  una atmósfera inquietante, llena de protestas e incertidumbre.

El 11 de Septiembre fue un día que marcó nuestro destino, sentía volar los aviones por encima de la casa, prendí la radio y coloqué un casete para  grabar cuales eran las noticias, en un momento como ese, ahí escuché el  último discurso del presidente Allende, antes de morir, era muy emotivo y me provocó angustia y pena. Todo esto estaba pasando en Chile y yo lo quería compartir con mi esposo. A través de la radio en ese momento tan incierto y desgarrador.

Luego, esto fue lo que me sucedió el 16 o 17 de Septiembre de 1973 y que hoy quiero relatarlo. Desperté temprano, y supe  que  habían levantado el toque de queda por ese día, por unas horas, para poder comprar provisiones.
Tomé mi liebre V.W. y me dirigí al Centro de la ciudad, en la calle Bandera donde estaban los Cables Internacionales, no había Internet y no se podía hacer llamadas al extranjero, pensé lo mal que lo estaría pasando mi marido sin saber de nosotros,  estando él en San José de Costa Rica. Una vez terminada mi diligencia, me acerqué al kiosco de diario más cercano y le pregunte a la señora que vendía “¿usted cree  que podría ver la Moneda?”, me respondió: “si usted no le tiene miedo a los pacos, vaya”.

Caminé hacia el Palacio Presidencial  por la calle Moneda, pasé por la Intendencia donde había un pelotón de carabineros, y me dirigí  hacia la puerta principal de la Moneda, las calles estaban vacías, los faroles rotos, no había un alma en las calles.  Justo frente a la entrada estaba una muchacha, de uno 20 años mirando los daños del bombardeo, al verme empezamos a conversar.  Me preguntó si sabía dónde quedaba Morande, 80, le contesté como no lo voy a saber, si yo viví frente a la Moneda desde los 7 años, la plaza de la Constitución era como el jardín de mi casa, desde mi infancia he vivido la historia de Chile, vi la revolución del Seguro Obrero desde mi ventana y conocí  personalmente a Arturo Alessandri y otros presidentes.

Volviendo al relato doblamos por Morande hacia la Alameda, ahí vimos que frente a la puerta, en la vereda, habían colocado cajuelas, sillas y otros objetos sacados del incendio.  Estaban dos carabineros de guardia parados enfrente.  Dirigiéndome a mi compañera le dije: “Pensar que aquí murió Allende”, impactada a pesar de haber sido opositora a su gobierno. Uno de los carabineros me miró y me dijo: “Le. Gustaría  subir?  Le  contesté: “si”,  mirando a  la muchacha.  Una vez adentro sentí temor, considerando  los momentos tan cruentos que estábamos viviendo. Y pensé  que nos podía pasar cualquier cosa. Por eso les mencioné varios conocidos importantes  para darme valor. Frente a mí, al  lado norte había un zócalo, producto del bombardeo, antes de subir la escalera, ésta estaba llena de
hollín  y escombros,  al dar un paso pisé  un cartón que resultó ser un programa de los Quilapallún, lo tomé y pensé, esto lo llevo de recuerdo porque nadie me va a creer que estuve en la Moneda. Seguí subiendo hasta llegar al segundo piso, ahí  uno de los carabineros me preguntó si quería entrar a la pieza donde había muerto Allende, yo le contesté  que sí, la muchacha contestó que no, pero más tarde me siguió. Como la luz era muy escasa debido a que el sistema eléctrico había quedado  inutilizado por el bombardeo, encendí un fósforo y avancé hasta el centro de la pieza. Quedé  paralizada, el fósforo temblaba en mi mano, ya que en el sillón estaban las manchas de sangre y demás  evidencias de lo ocurrido, no podía creer  lo que estaba  presenciando, el carabinero avanzó  y levantó las manos como si fuera un fantasma tratando de asustarnos, luego me dijo que el presidente Allende había disparado desde ese balcón, con la metralleta que Fidel Castro le regalara.

Avancé  hasta la otra habitación  donde  había una gran mesa en el centro llena de tierra y escombros, sin embargo la pieza  donde falleció el presidente Allende estaba intacta.

Salí de ahí  y los carabineros  tomaron conciencia  de lo que habían hecho, y  nos hicieron prometer que  no le contaríamos a nadie que habíamos  entrado a la Moneda, y que además ellos observarían hacia la Intendencia para ver que ningún uniformado estuviera mirando y pudiéramos  salir sin ser vistas. Eran ellos ahora los que tenían miedo. Les contesté:” ningún problema”.

Cuando íbamos bajando las escaleras mis ojos se posaron en el rincón de uno de los peldaños donde habían unos anteojos. Los tomé inmediatamente y los envolví en  el programa de los Quilapallun  que aún tenía en mis manos .Uno de los carabineros me dijo, no vayan a ser los anteojos de Allende que andaban buscando, seguramente al bajar el cuerpo, resbalaron. Yo les contesté: “estos anteojos son mío, soy señora de historiador y esto no se lo doy a nadie“. Como lo dije con tanta fuerza el carabinero no se atrevió a contradecirme.

Una vez en la calle tomé mi liebre junto con mi compañera a quien dejé en Los Leones con Providencia, lo único que recuerdo es que ella tenía dos apellidos iguales y se casaba la semana siguiente, nunca más supe de ella.

Mantuve esta pieza histórica guardada por muchos años. Luego que llegó la democracia entregué los anteojos al Museo Histórico. A través de este sencillo acto solo deseo realizar un pequeño aporte  en la restitución de tan importante período de nuestra historia.

3 comentarios:

Anónimo dijo...

Sra Teruca nunca me dijo su nombre pero el tiempo que dedicó a hacernos compañía y a compartir su historia generó suficiente interés para indagar en internet hasta encontrar su blog.Hoy lo encontré y me permitió volver a leer su historia y conocer el nombre de la notable mujer que invertió parte de su dia con los boleteros del cine de La Dehesa.
Gracias nuevamente.
Atte: Sebastián M.

Teruca dijo...

Muchas gracias Sebastián por sus palabras. Para mi fue muy grato el encuentro y poder relatarles un episodio tan relevante de la historia de Chile.

Un cariñoso abrazo para uds.

Teresa

PD: no pude responder antes porque estuve enferma.

Anónimo dijo...

increible testimonio e historia, lo leí completo, muchas gracias sra teruca por compartir su blog conmigo.

atte Carlos Gàrate. ejecutivo de gtd, el pisciano.